Díaz Mirón (que gustaba de mirar pero más de escribir) fue un poeta del México más rudo "y esas chingaderas", como diría alguno. Aficionado a los duelos para "lavar su honor" (lo que ahora llamaríamos "un macho mexicano con sombrerote"), se entrometió en los asuntos de las balas en más de una ocasión, costándole una astillada clavícula. Pero no toca hablar de este hombre curtido entre el desierto y la vida austera y a veces propia de las películas de Indiana Jones o de Sergio Leone que había en los residuos del Imperio español, sino de un escrito suyo en particular, lírico, que pone en evidencia la firmeza de este poeta sui generis ante las circunstancias que le sucedían. No era de los que se atemorizaban ante las adversidades, no. Su elogio a la libertad es todo un canto a la razón, teñido con gran optimismo:
Que como el perro que lame
la mano de su señor,
el miedo ablande el rigor
con el llanto que derrame;
que la ignorancia reclame
al cielo el bien que le falta.
Yo, con la frente muy alta,
cual retando al rayo a herirme
soportaré sin rendirme
la tempestad que me asalta.
No esperes en tu piedad
que lo inflexible se tuerza:
yo seré esclavo por fuerza
pero no por voluntad.
Mi indomable vanidad
no se aviene a ruin papel.
¿Humillarme? Ni ante aquel
que enciende y apaga el día.
Si yo fuera ángel, sería
el soberbio ángel Luzbel.
El hombre de corazón
nunca cede a la malicia.
¡No hay más Dios que la justicia
ni más ley que la razón!
¿Sujetarme a la presión
del levita o el escriba?
¿Doblegar la frente altiva
ante torpes soberanos?
Yo no acepto a los tiranos
ni aquí abajo ni allá arriba.

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